El guión iba cumpliéndose según lo previsto: íbamos avisados de las medidas de seguridad en el aeropuerto, sobre todo con lo de los líquidos y las cremas en el equipaje de mano, por lo que no hubo “requisamiento” de ningún artículo. Alguno tuvo que descalzarse en el Control de Acceso a las puertas de embarque (¿Qué llevaría en los zapatos?), pero no hubo nada digno de reseñar. Y estuvimos haciendo tiempo hasta que nos llamaron para embarcar, abasteciéndose unos cuantos de tabaco, colonias y otros artículos “TAX FREE” (o sea, libres de impuestos).
¡Hala, que nos vamos! Aún no habíamos despegado y ya llevábamos unas cuentas horas en pié. ¡El día iba a hacerse muuuuuyyyy largo! Y, tras un vuelo de unas 8 horas, ¡por fin llegamos!
La primera sensación: un choque térmico. Fue abrir las puertas del avión y ¡zas! la ropa pegada al cuerpo. Más que el calor (que nos lo esperábamos), nos sorprendió el alto grado de humedad.
Y empezamos a comprobar el carácter dominicano. Aquí no se estresa nadie. Para adquirir las Tarjetas de Turista para el grupo tuvimos que esperar un buen rato. Pero al final lo conseguimos. Y de ahí, a recoger las maletas, y a los autobuses preasignados para el traslado al hotel.
¡Qué bien organizado tiene Soltour las entregas de las documentaciones! Nos las repartieron en los mismos autobuses, y así no tuvimos (salvo en algún caso muy concreto) que pasar por la Recepción. Al llegar, nos estaban esperando con un pequeño grupito de baile y con una primera copa de bienvenida. Identificamos nuestras maletas, las cargaron en unos carritos muy pintorescos y nos llevaron a cada uno a nuestra habitación.
El día dio poco más de sí. Algunos acumularon 27 horas sin dormir, desde que salieron de casa, y por eso estábamos para poca fiesta. Cenamos en los buffets, probamos un poquito de la famosa “Vitamina R” (ron dominicano), y a dormir, que al día siguiente había que madrugar para una reunión en la que nos explicarían cómo es el Complejo (¡es que esto es tan grandeeeee!)
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